Nostromo

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CAPÍTULO XIII

El día que la señora de Gould se disponía a «dar una tertulia,» según expresión del doctor Monygham, el capitán Fidanza se descolgó por el costado de su goleta, anclada en el puerto de Sulaco, y con su aire sereno, grave y resuelto, se acomodó en su bote y empuñó los remos. Salía más tarde que de ordinario; y la tarde había avanzado bastante cuando desembarcó en la playa de la Gran Isabel y trepó con paso firme por la loma de la isla.

Desde lejos reconoció a Gisela sentada en una silla con el respaldo echado atrás contra el muro de la casa, debajo del dormitorio común a las dos hermanas. Tenía en las manos su bordado, y lo levantó a la altura de los ojos. La calma de aquella figura adolescente exasperó el sentimiento de perpetua lucha y contradicción que él llevaba en su pecho. Envolviéndole una oleada de ira, se le antojó que la muchacha debía oír desde lejos el retiñir de sus grillos de plata. Además, mientras estuvo en tierra aquel día, se había, encontrado con el doctor de ojo maléfico, que le había mirado con suma fijeza.

Al levantar los ojos su amada, se sintió ablandado. Le sonrieron con una frescura de rosa recién salida del capullo, llegándole directamente al corazón. Después frunció el ceño. Era un aviso que recomendaba cautela. Paróse él a cierta distancia y dijo en tono alto e indiferente:


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