Situacion limite
Situacion limite El capitán Whalley había levantado la cabeza para mirar, y su mente, viendo interrumpida la meditación, se volvió admirada (como ocurre con las mentes humanas) hacia materias sin importancia. Le chocó que fuese a este mismo puerto en que acababa de vender el último barco, a donde había venido con el primer buque de su propiedad, con la cabeza llena de planes para inaugurar una nueva ruta comercial con una zona distante del archipiélago. El gobernador de entonces le había dado ánimo sin fin. Aquel Mr. Denham no era ninguna Excelencia, era un gobernador que se sacaba la chaqueta; un hombre que por así decir pasaba día y noche al pie del cañón, velando por la creciente prosperidad del enclave con la entrega abnegada de una nodriza para con el niño al que ama; soltero que vivía como acampado con unos pocos criados y con sus tres perros en lo que entonces llamaban el Bungalow del Gobernador: una estructura de techo bajo en la ladera a medio talar de un monte, con un asta nueva de bandera delante y un policía de guardia en la galería. Recordaba cómo subía aquella cuesta bajo un sol de justicia para tener audiencia con él; el aspecto desnudo de la estancia fría y sombría; el largo escritorio cubierto en un extremo de papeles, y en el otro por un par de fusiles, un telescopio de latón, una pequeña botella de petróleo con una pluma en el cuello… y la aduladora atención que le prestaba aquella autoridad. Había ido a exponerle una empresa llena de riesgos, pero veinte minutos de conversación en el Bungalow del Gobierno, en la colina, sirvieron para que ésta se desarrollase desde el principio sobre ruedas. Y cuando él se retiraba, Mr. Denham, sumergido ya en sus papeles, le llamó de nuevo.