Situacion limite
Situacion limite Era un hombre de media edad y modales distraÃdos, aparentemente sumido en una preocupación tan taciturna por sus máquinas que parecÃa haber perdido la facultad de hablar. Cuando alguien se dirigÃa directamente a él, no respondÃa más que con un gruñido o exclamación inarticulada, según la distancia. En todos los años que llevaba en el Sofala nadie recordaba que hubiese intercambiado ni un franco buenos dÃas con ninguno de sus compañeros de tripulación. No parecÃa ser consciente de que por el mundo circulaba gente; no parecÃa ver a nadie. En realidad, cuando estaba en tierra hacÃa como que no conocÃa a sus compañeros. Se pasaba las comidas (los cuatro blancos del Sofala compartÃan mesa) mirando desapasionadamente el plato, y cuando acababa se ponÃa en pie de un brinco y se lanzaba hacia abajo como si se le hubiese ocurrido repentinamente que alguien pudiese robar las máquinas mientras él comÃa. Cuando el Sofala rendÃa viaje en el puerto de destino, él desembarcaba regularmente sin que nadie supiese dónde ni cómo empleaba las noches. La flota costera local conservaba la leyenda incoherente y extraña de sus pretensiones por la esposa de un sargento de cierto regimiento de infanterÃa irlandesa. Sin embargo, aquel regimiento habÃa cumplido su turno de guarnición en la plaza hacÃa siglos, y se habÃa ido a la otra punta del globo, perdiéndose toda noticia de él. A lo largo del año se pasaba en la bebida como cosa de dos o tres veces. En tales ocasiones volvÃa a bordo en hora más temprana que de costumbre; recorrÃa la cubierta bamboleándose con los brazos extendidos como un equilibrista en la cuerda floja; cerraba la puerta del camarote y empezaba a conversar y discutir consigo mismo durante toda la noche en los tonos más variados; tormentas, burlas y lamentos se sucedÃan con inagotable persistencia. En su cubil contiguo, Massy, incorporándose sobre el codo, descubrÃa que su ayudante recordaba el nombre de cada uno de los blancos que habÃan pasado por el Sofala durante años y años. Recordaba el nombre de los que habÃan muerto, de los que habÃan vuelto a Inglaterra, de los que se habÃan ido a América; recordaba con las copas el nombre de hombres cuya relación con el barco habÃa sido tan breve que Massy casi habÃa olvidado las circunstancias y apenas podÃa evocar sus rostros. La voz ebria del otro lado del mamparo se extendÃa en comentarios sobre todos ellos con un veneno extraordinario e ingenioso lleno de invenciones escandalosas. ParecÃa como si todos ellos le hubiesen ofendido de alguna forma, y en venganza les hubiese visto partir a todos. Musitaba sombrÃamente; reÃa sardónico; les aplastaba a uno tras otro; menos a su jefe, Massy, del que parloteaba con admiración llena de ingenuidad y malicia. ¡Lista sabandija! No se tropieza uno cada dÃa con hombres como él. Basta mirarle. ¡Ja! ¡Qué grande es! Barco propio. No hay peligro de que a él le vayan mal las cosas. No, ¡el muy bruto! Y Massy, tras escuchar con sonrisa llena de satisfacción aquellos toscos tributos a su grandeza, empezaba a chillar, aporreando el mamparo con ambos puños…