Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas El sol, un sol de fuego, caía a plomo sobre la colonia, sobre el pequeño caserío y sobre los bosques, inundándolo todo con su luz deslumbradora, con su fuego y su respiración irresistibles. La tierra permanecía silenciosa e inmóvil, brillando por doquier bajo la caricia ardiente de aquel sol abrasador que parecía destruir todos los sonidos y detener todos los movimientos.
Bajo aquel cielo purísimo, sin una nube, los únicos seres que se atrevían a dar señales de vida eran las mariposas, esas hijas predilectas del sol, caprichosas tiranas de las flores, que volaban, como flores aladas también, sobre los verdes bosques o los prados silenciosos y solitarios.
Y el único sonido que se lograba escuchar en aquella naturaleza abrasada era el leve rumor del agua del arroyo, que zigzagueaba dulce y tímidamente sobre la tierra sedienta, corriendo presurosa, como si buscase el fresco refugio del mar.