Un vagabundo de las islas

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Ella le miró con sus grandes ojos sombríos, en los que no brilló la luz de una respuesta comprensiva. El pensamiento del hombre estaba tan apartado de la capacidad de comprensión de Aissa que las palabras de Willems pasaron inadvertidas, como el susurro del viento, como el brillo fugitivo de una nube en el cielo. A pesar de ser mujer, no podía comprender, en su simplicidad, la enorme importancia de aquella frase, de aquella flor nacida en el alma del hombre, de aquel susurro de mortal felicidad, tan sincero, tan espontáneo, salido rectamente del corazón de Willems. Era como una exclamación de locura, el ansia de un hombre que se horroriza ante la idea de perder la dicha sin la cual la vida se le hace odiosa y aborrecible hasta el último límite.

Con el ceño levemente fruncido, concentrado en la realización de sus propios deseos, la joven dijo al fin:

—Bien, ahora cuéntamelo todo. Todo lo que hablasteis tú y Seyd Abdulah.

—¿Cómo? ¿Todo qué?




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