Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Hubo un largo silencio. Almayer se acercó a la mesa y se sentó ante ella, apoyando la cabeza entre las manos. Lingard, que había reanudado sus paseos a lo largo de la veranda, tosió ligeramente y preguntó:
—¿Qué estaba usted diciendo?