Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¡Qué va usted a adivinar, capitán! ¡Si es horrible! Verá usted… Cuando Alí volvió sentí cierto alivio. Entonces parecía que en Sambir reinaba una tranquilidad casi absoluta. Yo seguía teniendo izada la bandera de mi país sobre el techo de la casa, y comenzaba a sentirme seguro. Algunos de mis hombres volvieron por la tarde. No les hice ninguna pregunta, y los mandé a trabajar como si nada hubiera ocurrido. Al caer la tarde (debían de ser las cinco y media) me encontraba en nuestro desembarcadero con mi hija cuando oí unos gritos que parecían provenir de muy lejos, del otro lado del pueblo. Al principio no les concedí gran importancia. Pero luego Alí se acercó a mí y me dijo: «Amo, deme usted a la niña. Parece ser que en la colonia hay un motín muy grave». Le confié a la pequeña y volví a la casa, cogí el revólver y salí luego al huertecillo. Cuando bajaba las escaleras observé que las muchachas que trabajaban en mis tierras se habían refugiado en el cobertizo del fondo, y oí una terrible algarabía al otro lado del foso que rodea a nuestra hacienda. Era una muchedumbre. No podía verla, porque me lo impedían los matorrales que crecen a lo largo del foso, pero comprendía que aquella multitud estaba colérica y perseguía a alguien. Cuando me preguntaba lo que podía ocurrir vi aparecer a Jim-Eng… ¿Conoce usted a ese chino que vino a colocarse aquí hace dos años?