Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¡Ah!, fue usted quien lo trajo aquí, ¿verdad? Lo había olvidado. Pues bien, ese chino, Jim-Eng, saltó el foso como una bala y fue a caer en mis brazos, por así decirlo. Me dijo jadeando que le perseguían porque no había querido descubrirse ante la bandera. El chino no parecía muy asustado, sino más bien indignado y lleno de cólera. Le sobraba razón para ello, ya que no bajarían de cincuenta sus perseguidores (todos ellos partidarios de Lakamba, naturalmente, pero él no se arredraba. Decía que era un ciudadano inglés, y no tenía obligación ni quería descubrirse ante ninguna bandera del mundo, aparte de la inglesa. Procuré calmarlo, mientras la multitud seguía gritando al otro lado del foso. Le dije que lo mejor que podía hacer era coger una de mis pequeñas canoas y cruzar el río, permaneciendo un par de días en la otra orilla. Pero él no quiso. Me contestó que era un ciudadano inglés y que se sentía con fuerzas para pelear contra todos sus perseguidores. Luego añadió: «Ellos son negros, indígenas salvajes, mientras nosotros (se refería a él y a mí) somos blancos, y podemos muy bien luchar con todo el mundo en Sambir». Parecía enloquecido de orgullo patriótico. La multitud calló por un instante, y yo pensaba ya que podría ocultar a Jim-Eng sin gran riesgo cuando de repente oí la voz de Willems, que me gritó en inglés: «¡Deje usted entrar a cuatro de mis hombres en su hacienda, para apoderarse de ese chino!». Yo no contesté, y le dije en voz baja a Jim-Eng que tampoco respondiera. Al cabo de unos instantes, Willems gritó de nuevo: «¡No intente usted resistir, Almayer…! Le doy un buen consejo. Estoy conteniendo a estas gentes, pero no lo conseguiré durante mucho tiempo». La voz de aquel mendigo me sacó de mis casillas, y sin poderme contener grité a mi vez: «¡Es usted un traidor y un embustero!». En aquel instante, Jim-Eng, que se había quitado la chaqueta y se arremangaba la camisa, dispuesto a pelear con sus enemigos, me arrebató el revólver y disparó contra ellos. Sonó un grito agudo (el chino debió de haber herido a alguien) seguido de un terrible alarido lanzado por toda la multitud a la vez, y los indígenas, locos de furor, saltaron el foso en menos tiempo del que se lo cuento a usted y cayeron sobre nosotros. No tengo que decirle que nos arrollaron inmediatamente, y que no hubo ni la más ligera probabilidad de intentar entablar una lucha, y mucho menos de pensar en resistir. Yo caí al suelo y fui materialmente pisoteado. Jim-Eng se vio rodeado de enemigos, que le hirieron lamentablemente, y ambos nos vimos rechazados a la otra parte del huerto a la primera embestida de aquellos energúmenos. Yo tenía la boca y los ojos llenos de polvo. Había caído boca abajo, y tres o cuatro indígenas me golpeaban las espaldas sin compasión; luego se sentaron sobre mí. Pude oír al chino lanzando maldiciones no muy lejos de donde yo estaba. De vez en cuando, los bandidos debían de intentar ahogarle, porque oía el estertor del infeliz, que se debatía como una pobre res acosada. Yo sólo podía respirar haciendo un gran esfuerzo, porque aquellos miserables pesaban sobre mí como sacos repletos. Willems llegó luego corriendo y ordenó a los indígenas que me levantaran, aunque sujetándome para que no pudiera huir. Los indígenas obedecieron y me trajeron a esta misma veranda. Miré alrededor, pero Alí y mi hija habían desaparecido. Esto me tranquilizó un tanto. Pero… ¡oh, Dios mío!