Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Cuando sintió la tierra firme bajo sus pies, Willems detuvo su loco impulso y continuó avanzando con más lentitud.
Andaba con movimientos pausados, como medidos, mirando a Lingard con una fijeza terrible, sin apartar los ojos del rostro del marino.
No miraba a derecha e izquierda; sus pupilas estaban clavadas en el rostro de Lingard, lo mismo que si en el mundo sólo existiese aquella cara curtida por el sol y el aire de los mares, aquella cabeza de blanco cabello, aquellos ojos que le miraban con una expresión de misterio indescifrable.
Tan pronto como los pies de Willems pisaron la tierra se hizo un silencio absoluto en la explanada, un silencio que parecía caer del cielo brumoso, ese silencio que envuelve a la tierra cuando va a estallar una tempestad.
Willems avanzó hacia Lingard, sintiendo a cada paso que daba como si un muro o unas manos se opusieran a su pecho, ofreciendo una resistencia invencible.
Al fin se paró a unos seis pasos de Lingard.
Se detuvo, sencillamente, porque le era imposible continuar avanzando. Había empezado a bajar la escalera con el firme propósito de abrazar a Lingard y darle unas palmaditas en la espalda. Pero en aquellos momentos le pareció el capitán mucho más corpulento, fuerte e imponente que el hombre que él recordaba.