Un vagabundo de las islas

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II

En la media hora que siguió, Almayer, que quería dar algún tiempo a Joana para que hablase con el recién llegado, deambuló por el gran huerto que rodeaba la casa, escondiéndose entre los montones de leña o detrás de las construcciones agrícolas del fondo, junto a la valla y el foso. Hacía todo aquello para escapar del inoportuno Alí, que le buscaba desesperadamente por toda la casa. Le oía hablar con el jefe de los vigilantes nocturnos, a veces muy cerca de él en la oscuridad, y luego los veía alejarse, ir y venir inquietos y preocupados.

—¿Se habrá caído al río? —dijo Alí de pronto casi a gritos—. No me fío de vosotros los vigilantes, pues parecéis ciegos. Él me dijo que fuera a buscar a Mahmat, y cuando he vuelto con ese hombre no he encontrado al amo en la casa. Allí está esa mujer sirani, y Mahmat no podrá robar nada de la casa. Pero me da el corazón que sólo podré acostarme después de medianoche.

Hubo un silencio.

Luego, Alí gritó:

—¡Amo, amo, a…!

—¿Por qué gritas tanto, Alí? —le interrumpió Almayer saliendo de las sombras, muy cerca de ellos.

Los dos malayos se quedaron inmóviles, mirándose desconcertados.


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