Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —SÃ, sÃ, amigo mÃo —continuó el capitán, sin atender a las protestas de su interlocutor—. La infeliz se hallaba muy afectada. He estado esta tarde en su casa a buscarle, y encontré a su pobre mujer desesperada. Lloraba de un modo desolado, sin cesar de llamarle. Me rogó que le buscara. Daba pena verla, gritando como una loca, como si fuera la responsable de todo lo ocurrido.
Willems le escuchaba absorto. ¡El pobre tonto! ¡Qué pronto le habÃa engañado! Pero aunque fuera verdad, la sola idea de volver a ver a su esposa llenó a Willems de inmensa repugnancia, de un profundo disgusto. Él no habÃa querido romper el juramento sagrado, pero no podrÃa volver junto a ella. Era preciso que fuese ella la que quedase con el remordimiento de haber provocado la ruptura, dejarla con la responsabilidad del pecado y de la culpa. Cuando salió de su casa se hizo el firmÃsimo propósito de no volver allà jamás. Otra cosa era que su mujer se decidiese a buscarle a él. En tal caso, Willems le otorgarÃa un generoso perdón, ya que él en el fondo era noble.