Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —Estaba escrito en su frente —dijo de pronto Babalatchi, añadiendo otros dos leños al fuego ante el que estaba sentado en cuclillas, y sin mirar a Lakamba, que se hallaba frente a él—. Estaba escrito cuando nació que terminarÃa su vida en la oscuridad, y ahora es como un hombre que paseara en una eterna noche oscura. Yo le conocà cuando era poderoso, cuando tenÃa esclavos y muchas mujeres, y era uno de los grandes guerreros de estas islas, antes de quedar ciego. Entonces su mano siempre estaba abierta para los necesitados; era valiente, atrevido, uno de los grandes piratas de las islas. Yo mismo le acompañé en muchas de sus empresas, y hay testigos de mi comportamiento. Nunca volvà la cara. Su espada siempre desenvainada era igual a un azote de los cielos. ¡Ah, tuan! ¡Ah, qué tiempos aquéllos…! Tuan era el jefe de mucha gente, y yo era joven. Y en aquellos tiempos no habÃa tantos buques de guerra o armados de los que ahora nos persiguen, enviándonos la muerte desde lejos y a traición. Y si surgÃa alguno, nos refugiábamos en calas o ensenadas donde ellos no se atrevÃan a seguirnos.