Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —Esta noche, Almayer, quisiera que me dejase usted su rifle, para ver si mato algún ciervo cuando salga la Luna —dijo Willems de pronto.
Acababan de cenar, y una lámpara humeante y triste alumbraba la estancia.
La mesa se hallaba un tanto revuelta.
Almayer, que estaba sentado frente a él, sonrió largamente sin contestar.
—Bueno, dÃgame usted sà o no —apremió Willems.
—¿Y qué quiere usted que le diga? —repuso al fin Almayer sonriendo irónicamente—. Usted sabe dónde está mi rifle, puede cogerlo si quiere. ¡Un ciervo…! ¡SÃ, sÃ! Lo que usted intenta cazar es… una gacela, que no es lo mismo. Lo he notado desde el dÃa que vino. Siempre está usted con los indÃgenas… ¡Bonita ayuda supone para mà su compañÃa!
—Usted tiene el defecto de beber demasiado, Almayer —dijo Willems, disimulando a duras penas su rabia—. Siempre ha tenido usted mala cabeza… Recuerdo que ya era usted asà cuando estábamos en Macasar. Bebe usted mucho.
—Yo bebo lo que quiero, lo que debo beber —murmuró Almayer, mirándole con ojos centelleantes.