El corsario rojo
El corsario rojo El camarote en que nuestro aventurero se encontraba entonces estaba de acuerdo con el carácter del que lo ocupaba. Por sus formas y por las dimensiones, no se diferenciaba en nada de los camarotes de los barcos ordinarios; pero los muelles ofrecían una singular mezcla de lujo y aderezos militares. La lámpara, colgada del techo, era de plata maciza. Enormes candelabros del mismo metal, y que habían debido pertenecer evidentemente a una iglesia, estaban colocados sobre una noble mesa, en cuya caoba brillaba aún el barniz de medio siglo, y cuyas garfas doradas y las patas cinceladas debieron tener un primer destino bien diferente del servicio ordinario de un barco. Un sofá cubierto de terciopelo, en frente un diván de seda azul, cuya forma, tejido y cojines demostraban la riqueza del poseedor de este camarote. Además de estos muebles que sorprendían a primera vista, se veían también espejos, vajillas de plata y tapicerías; pero no había una sola pieza del camarote que no tuviera en su forma o en su disposición alguna cosa de particular a la que no se le pudiese asignar un origen diferente.
