El corsario rojo
El corsario rojo El Corsario permaneció más de un minuto en actitud de triunfo. Era evidente que se felicitaba por su éxito; pero aunque su expresiva cara demostraba su satisfacción interna, ésta no tenÃa los rasgos de una alegrÃa vulgar; se veÃa más bien el placer de haberse librado de una gran preocupación, como era el asegurarse los servicios de un joven valiente. Es probable que un atento observador hubiera podido descubrir una sombra de pesar en medio de su sonrisa de triunfo y de los brillantes destellos que despedÃan sus ojos. Pero estas sensaciones no fueron más que pasajeras, y pronto tomó el Corsario el aspecto libre y desenvuelto que solÃa tener de ordinario.
Después de dejar a Roderick el tiempo necesario para llevar a Wilder al lugar que le habÃa sido asignado, y para ponerle en posesión de los reglamentos que concernÃan al barco, el capitán golpeó de nuevo el gong y llamó por tercera vez a su joven criado, quien hubo de aproximarse a su patrón y hablar tres veces antes de que el Corsario se diese cuenta de su presencia.
—Roderick —dijo finalmente— ¿estás ah�
—Sà —respondió una voz baja que tenÃa cierta expresión de tristeza.
—Está bien. Quisiera hablar al general. Roderick, debes procurar descansar, buenas noches. Que el general sea llamado a consejo, y… buenas noches, Roderick.
