El corsario rojo
El corsario rojo El sol comenzaba a salir del seno de las aguas en que están situadas las islas azules de Massachusetts, cuando se empezó a ver a los habitantes de Newport abrir sus puertas y ventanas, y prepararse para los diferentes trabajos de la jornada, con la lozanía y actividad de la gente que sabiamente seguía la distribución natural del tiempo para disfrutar del descanso o dedicarse al placer. Se daban los buenos días unos a otros con jovialidad abriendo los ligeros cierres de sus tiendas, con las preguntas y respuestas de cortesía acostumbradas sobre la fiebre de una joven o el reumatismo de una anciana. El dueño de la taberna llamada El Ancla Levada, que tan afanado estaba en preservar su casa de la imputación de favorecer los escándalos nocturnos, era incluso uno de los primeros en abrir su puerta, para atraer a su casa a todo transeúnte que pudiera sentir la necesidad de ahuyentar la humedad de la noche anterior por medio de algún tónico fortificante.
