El corsario rojo
El corsario rojo Wilder abandonó el campo de batalla como hombre vencido. El azar, o como estaba dispuesto a llamarlo, la caricia del viejo marinero, frustró el pequeño artificio al que había recurrido, y por el momento no le quedaba otra solución que esperar otra ocasión más propicia para llevar a cabo su objetivo.
El joven marinero, confiado en su esperanza, volvió al pueblo con paso lento y cierto enojo. Más de una vez detuvo y fijó los ojos durante varios minutos en los diferentes navíos que se encontraban en el puerto. Pero en estas frecuentes paradas no encontró indicio alguno que indicara que tenía especial interés por algunos de esos barcos. Quizá sus miradas se detuvieron más tiempo y con mayor atención en el barco mercante que venía del sur, que en los demás, aunque sus ojos de vez en cuando se paseaban con curiosidad e incluso con inquietud por todos los barcos que se encontraban en la bahía.
