El corsario rojo
El corsario rojo —¡A mÃ, señora! —exclamó su pupila alarmada—; ¿por qué razón usted y yo habrÃamos de desear volver a ver a un hombre que nos es totalmente desconocido, un hombre de tan baja condición; tal vez sea algo fuerte la expresión, pero al menos un hombre cuya compañÃa no parecÃa ciertamente que fuera muy conveniente…?
—A damas bien nacidas, quieres decir. ¿Y qué te hace pensar que ese joven esté realmente por debajo de nosotras? Confieso que no he oÃdo ni visto nada que me haga creer que sea de baja condición o carezca de educación. Al contrario, su lenguaje y pronunciación anunciaban a un hombre bien nacido, y su aspecto no desmentÃa su lenguaje; tenÃa cierto aire de franqueza y sencillez que hablaban de su profesión. Pero tú no te fijas más que en los jóvenes de las mejores familias de las provincias, e incluso del reino, que se ponen a menudo al servicio de la marina.
—Es que ellos son oficiales, y este… este individuo llevaba el traje de un marino ordinario.
—Nada de eso. La tela era muy fina y el corte reflejaba un gusto exquisito. Yo he conocido almirantes que en sus momentos de ocio no vestÃan como tales. Los marinos, incluso los de alto rango, desean presentarse a veces con el hábito de su profesión sin marca alguna que indique su grado.