El corsario rojo
El corsario rojo Al acercarse a la taberna llamada «El Ancla Levada», Wilder vio síntomas de gran agitación en el centro del tranquilo pueblo. Más de la mitad de las mujeres y casi la cuarta parte de los hombres que permanecían a considerable distancia, estaban reunidos ante la puerta, oyendo a un orador del sexo femenino que declamaba con voz tan fuerte y severa, que los auditores curiosos y atentos que formaban parte del círculo más amplio no podían tener motivo alguno para acusarla de parcialidad. Nuestro aventurero vaciló, y no se determinó a avanzar hasta que vio a su viejo aliado que abriéndose paso con los codos se hacía camino entre la masa de cuerpos con perseverancia y energía. Animado al verle, el joven le siguió.
—A ustedes acudo, amigos. Todos y cada uno de ustedes, pueden atestiguar, si es preciso, que siempre he sido la paciente y trabajadora esposa del hombre que me ha abandonado, a mi edad, dejándome sola con tantos hijos que alimentar y educar. Por otra parte…
