El corsario rojo
El corsario rojo —¡Oh!, ¡oh! Supongo entonces que pertenece usted al navÃo que está anclado en el puerto exterior, ¿me equivoco?; y sin sentir odio hacia sus enemigos, ama a sus amigos. Es preciso que convenzamos a las dos damas de que han de sacar sus pasajes para embarcar a bordo del negrero.
—¡No quiera Dios!
—¿No quiera Dios? Sabe muy bien, amigo Harris, que creo que tiene la mente algo cerrada. Aunque no puedo estar de acuerdo con usted en lo que ha dicho con respecto a La Real Carolina, todo me hace pensar que tendremos la misma opinión en lo que al otro navÃo se refiere. Yo lo considero un barco sólidamente construido, bien proporcionado, y en el que un rey podrÃa navegar con todas las comodidades apropiadas a su rango.
—No lo niego en absoluto, pero sin embargo, no me gusta.