El corsario rojo
El corsario rojo —Muy bien, de acuerdo, puede que me equivoque, pero todas las cosas no están como deberÃan estar a bordo de ese negrero cuando todos sus documentos están en regla y sus cartas de navegación no lo están menos. ¿Qué cree usted, honrado Joe?
Wilder se volvió con impaciencia y vio que el posadero habÃa entrado en la habitación con paso tan rápido que apenas se habÃa dado cuenta de ello; prestaba gran atención a su compañero con una intensidad que al lector no le será muy difÃcil comprender: El aspecto de sorpresa con que Joram miró al viejo marinero no tenÃa, en verdad, nada de afectado, pues la pregunta le fue repetida, y con términos aún más explÃcitos, con los que juzgó conveniente responder a ella.
—Le he preguntado, honrado Joe, si cree que el negrero que está en la bahÃa exterior de nuestro puerto hace un comercio legal o no.
—Siempre ha de sorprender de improviso a la gente, Bob, siempre ha de usar esa brusquedad que le es tan propia, para hacerles preguntas tan extrañas y obtener las opiniones más sorprendentes —respondió el posadero echando oblicuas miradas a su alrededor, como si hubiera querido asegurarse bien de la reacción de todos los oyentes ante los que hablaba…; a veces frente a tales preguntas me siento desconcertado y con gran embarazo para poder coordinar mis ideas y responderle asà sin comprometerme.