El corsario rojo

El corsario rojo

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Capítulo doce

Buena parte del día transcurrió mientras se desarrollaban las escenas que acabamos de relatar. Apareció una suave brisa, y se mantenía aunque sin ser fuerte. Cuando Wilder se vio desembarazado de los occisos que acababan de regresar a la playa y del consignatario atareado e importante, echó un vistazo a su alrededor con la intención de ponerse enseguida en posesión de la autoridad a bordo. Hizo venir al pilero, le comunicó sus intenciones y se retiró a una parte del puente desde donde pudo examinar a su gusto todas las partes del barco en el que había llegado a ser comandante en poco tiempo, y reflexionó sobre la situación tan extraordinaria y tan inesperada en la que se encontraba.

La Real Carolina tenía ciertos derechos para llamarse así. Era un barco de ese dichoso puerto que añadía a su utilidad lo agradable. La carta del Corsario decía que era considerado un buen velero, y su joven e inteligente comandante vio con gran satisfacción interior que no desmentía bajo ningún aspecto su reputación. Una tripulación fuerte, activa y experimentada, unas palanquetas bien proporcionadas, poco peso y volumen en el aparejo de las gavias, una estiba perfecta y fuertes velas ligeras que le ofrecían todas las ventajas que su experiencia podía sugerirle.


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