El corsario rojo

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Capítulo trece

La Real Carolina estaba entonces anclada a una maroma de distancia del supuesto negrero. Al despedir al piloto, Wilder había cargado con una responsabilidad a la que un marino teme normalmente exponerse; ya que si algún accidente tenía lugar después de abandonar el puerto, se hubiera perdido el seguro del barco, y él incluso podría ser castigado. El éxito de su peligrosa maniobra había animado su fisonomía de tal forma que le daba una impresión de triunfo; y su paso, cuando avanzaba hacia mistress Wyllys y Gertrudis, era el de un hombre dichoso por el sentimiento íntimo de ser recibido en sus funciones con honor en unas circunstancias que exigían talento en la práctica de su profesión. Al menos así fue como la primera de estas dos damas interpretó su mirada animada y su aspecto de satisfacción, aunque la segunda quizás estuviese dispuesta a juzgar esos motivos con más indulgencia. Es posible que las dos ignorasen las ocultas razones que hacían que él se alegrase por haber tenido tan buen resultado.

Cualquiera que fuese. Wilder, tan pronto como vio que La Real Carolina se abatía sobre su ancla buscó la ocasión de reanudar una conversación que había sido hasta entonces tan vaga y tantas veces interrumpida. Mistress Wyllys había observado mucho tiempo el barco vecino con mirada atenta, y no dejó de mirarlo hasta que el joven marino estuvo cerca. Ella fue entonces la primera en hablar.


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