El corsario rojo

El corsario rojo

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Cuando estuvo extendida vela sobre vela, en el momento en que Wilder tuvo que reconocer que La Real Carolina no podía correr más, nuestro aventurero miró a su alrededor para ver lo que había logrado con esta prueba. El cambio de ruta del barco mercante de Bristol produjo otro parecido en el rumbo aparente del barco desconocido, que navegaba aun en el horizonte como una débil y casi desapercibida sombra. La infalible brújula decía todavía al vigilante marino que barco mantenía la misma posición relativa que cuando se le había visto por primera vez, y todos los esfuerzos de Wilder parecían que no podrían cambiarla una sola pulgada. Wilder, con los ojos cansados de tanto mirar, tuvo que confesarse a sí mismo que ese extraño navío se veía deslizarse sobre la inmensidad del océano, más como un cuerpo flotando en los aires, que como un barco conducido por los medios ordinarios utilizados por los marinos.








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