El corsario rojo
El corsario rojo Nuestro cauteloso aventurero no dejó de pensar en esos siniestros presagios que no acertaba a reconocer. Apenas se le hubo aparecido la atmósfera de nieblas que repentinamente rodeó la misteriosa imagen, tantas veces por él contemplada, cuando se oyeron poderosas y vivas voces del comandante.
—¡En pie! —gritó—, ¡en pie!, ¡cargad todas las velas!, ¡cargadlas todas! —añadió, sin dar tiempo apenas a sus primeras palabras de llegar a los oídos de sus subordinados—. ¡Que se cargue hasta el último trozo, desde proa hasta popa! ¡Todo el mundo a la carga de las gavias, señor Earing, que se carguen las gavias! ¡A la maniobra por todas partes!, ¡ánimo, amigos míos, al trabajo!
