El corsario rojo
El corsario rojo Los marineros se miraron unos a otros y quedaron asustados como si hubieran recibido del cielo una advertencia de lo que iba a suceder.
Entonces Wilder dio una o dos vueltas sobre la tilla, sin cesar de dirigir sus ojos de un extremo del cielo a otro, los paseaba ya sobre las aguas negras y adormecidas en las que navegaba el barco, ya sobre las velas; bien sobre la tripulación silenciosa y en profunda atención, bien sobre las sombras de las cuerdas que flotaban por encima de su cabeza, como pinceles que trazaban sus contornos fantásticos en las nubes espesas que aparecÃan allá arriba.
—Poned en cuadro las vergas de atrás —dijo una voz que se dejó oÃr por todos los que estaban en la tilla, aunque no fue pronunciada mucho más alta de lo normal. El crujido de la madera, mientras que las entenas avanzaban lentamente y con pesadez hacia la posición indicada, unido al carácter imponente de esta escena, resonaba en los oÃdos de los marineros como lúgubres pronósticos—. ¡Poned las velas bajas en sus cargas! —añadió Wilder después de un corto intervalo de reflexión, y con esa peculiar tranquilidad tan apropiada para impresionar. Entonces dando otra ojeada al horizonte amenazador gritó: