El corsario rojo
El corsario rojo La violencia de la tempestad estaba en su apogeo cuando Earing y sus infortunados compañeros se precipitaron con el mástil en el mar. Aunque el viento continuó soplando durante mucho tiempo después de ese fatal acontecimiento, su fuerza era cada vez menor. A medida que el huracán decaía, las olas empezaban a elevarse y el barco a resentirse en proporción a éstas. Wilder vigiló con inquietud durante dos horas, en el transcurso de las cuales le fueron necesarios todos sus conocimientos marítimos para impedir que lo que quedaba del barco no se convirtiese en presa de un mar tan ávido. Sin embargo con su gran habilidad, consiguió cumplir la tarea que se le había impuesto, y precisamente cuando se empezaban a distinguir por el este los primeros claros del día, los vientos y las olas se apaciguaron a un tiempo. Durante este período de penosa inquietud, nuestro aventurero no recibió la menor ayuda de ningún miembro de la tripulación, excepto de dos marinos con experiencia que puso al timón.
