El corsario rojo

El corsario rojo

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Capítulo dieciocho

—¡Estamos salvados! —dijo Wilder, que había permanecido de pie, agarrado con todas sus fuerzas a un mástil para observar con mirada firme de qué manera escaparían a la muerte—. Estamos salvados, al menos por el momento.

Las mujeres se habían cubierto el rostro con los pliegues de sus vestidos, y ni la misma institutriz se atrevió a asomar la cabeza hasta que recibió dos veces de su compañero seguridades de que la inminencia del peligro había pasado. Transcurrió otro minuto durante el cual mistress Wyllys y Gertrudis expresaron sus acciones de gracias con un tono y términos menos equívocos que la expresión que acababa de salir de los labios del joven marino. Una vez cumplido este piadoso deber, se levantaron.

Por todas partes había una extensión de agua que parecía no tener límites. Una ligera y frágil barquichuela era para ellos todo el mundo. Durante el tiempo que el barco, aunque dispuesto a perecer, había estado bajo sus pies, les había parecido que existía una barrera entre sus vidas y el océano. Pero un solo instante acababa de privarles incluso de esa frágil esperanza.

Gertrudis habría dado la mitad de su vida solamente por vislumbrar ese continente vasto y casi deshabitado que se extendía al oeste en tantas millas, y bordeaba el imperio de los mares.


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