El corsario rojo
El corsario rojo —¡Estamos salvados! —dijo Wilder, que habÃa permanecido de pie, agarrado con todas sus fuerzas a un mástil para observar con mirada firme de qué manera escaparÃan a la muerte—. Estamos salvados, al menos por el momento.
Las mujeres se habÃan cubierto el rostro con los pliegues de sus vestidos, y ni la misma institutriz se atrevió a asomar la cabeza hasta que recibió dos veces de su compañero seguridades de que la inminencia del peligro habÃa pasado. Transcurrió otro minuto durante el cual mistress Wyllys y Gertrudis expresaron sus acciones de gracias con un tono y términos menos equÃvocos que la expresión que acababa de salir de los labios del joven marino. Una vez cumplido este piadoso deber, se levantaron.
Por todas partes habÃa una extensión de agua que parecÃa no tener lÃmites. Una ligera y frágil barquichuela era para ellos todo el mundo. Durante el tiempo que el barco, aunque dispuesto a perecer, habÃa estado bajo sus pies, les habÃa parecido que existÃa una barrera entre sus vidas y el océano. Pero un solo instante acababa de privarles incluso de esa frágil esperanza.
Gertrudis habrÃa dado la mitad de su vida solamente por vislumbrar ese continente vasto y casi deshabitado que se extendÃa al oeste en tantas millas, y bordeaba el imperio de los mares.
