El corsario rojo
El corsario rojo Si en el animo de Wilder habían quedado algunas dudas sobre la exactitud de sus conjeturas, se disiparon al amanecer. A esta hora, la brisa inconstante cayó de nuevo, y antes de que se hubiera sentido el último soplo sobre la tela, ésta se vio hinchada por corrientes contrarias que venían del oeste. Nuestro aventurero reconoció en seguida que la lucha iba a empezar inevitablemente. Las improvisadas velas, que habían estado tanto tiempo expuestas a las rachas del viento del sur, fueron reducidas a un tercio de su poder debido a los rizos que en ellas se hicieron, y también algunos de los paquetes más pesados, y al mismo tiempo menos útiles en semejante situación, fueron arrojados sin titubear al mar, sin que estas precauciones resultasen vanas. Luego el viento del nordeste sopló fuertemente hacia el mar, llevando consigo la fría aspereza de las comarcas salvajes del Canadá.
—¡Ah! ¡Yo os reconozco! —murmuró Wilder cuando la primera racha de este siniestro viento tocó las velas y obligó a la chalupa a someterse a su poder—, ¡yo os reconozco con vuestro sabor a agua dulce y vuestro olor a tierra!
—¿Habla usted? —dijo Gertrudis sacando la cabeza lacra de la tienda, y apresurándose a volverla a meter temblando al sentir el efecto del cambio de aire.