El corsario rojo
El corsario rojo Siete días después de la llegada de Gertrudis y de su maestra a bordo de un barco del que no es necesario ocultar la índole, el sol se alzó sobre las velas, las vergas simétricas y la figura sombría del barco, a la vista de algunas islas bajas, pequeñas y cubiertas de rocas. El viento había desaparecido por completo; el aire vacilante e incierto que de vez en cuando impulsaba un instante las velas más ligeras, no era, por decirlo así, más que la suave respiración de la aurora que parecía temer turbar el sueño del océano.
Todo cuanto tenía vida en el barco estaba ya en pie y en plena actividad. Cincuenta marineros vigorosos estaban encaramados por diferentes lados en los aparejos, unos riendo y bromeando entre ellos, otros cumpliendo sin dificultad la tarea fácil que les había sido encargada. Otros, en gran número, se divertían abajo en los puentes, tranquilamente, en alguna ocupación semejante. Todos en general tenían aspecto de gentes que hacen algo para no ser tachados de pereza más que por necesidad. La cubierta, esa parte sagrada de todo barco en que reina la disciplina, estaba ocupada por otro tipo de hombres que no manifestaban mayor actividad.
