El corsario rojo
El corsario rojo Mientras ocurría el pequeño episodio que acabamos de contar, en uno de los extremos de la verga de trinquete del Corsario, escenas que tenían tanto de tragedia como de comedia se llevaban a cabo por otros rincones. La lucha entre los ocupantes de cubierta y los marineros de los mástiles, tan referida ya, estaba lejos de llegar a su fin. En más de una ocasión a los golpes siguieron las injurias, y como esta primera clase de chanza era de ésas a las que los soldados marinos se veían obligados por sus perseguidores más astutos, la lucha comenzaba a igualarse por parte de ambos bandos, y el resultado se presentaba muy dudoso. Sin embargo, Nightingale estaba siempre dispuesto para llevar a los combatientes según la conveniencia, tanto valiéndose del sonido bien conocido de su silbato como de su resonante voz. Un largo y persistente silbido acompañado de las palabras: «¡Eh!, ¡eh!, ¡dejemos la chanza!», habría bastado entonces para sofocar el resentimiento que estaba a punto de estallar de los distintos antagonistas, cuando la burla punzaba demasiado al arrogante soldado; pero la preocupación de aquel que observaba, en general, con ojos de vigilante los movimientos de todos sus subordinados, hacía esperar resultados mucho más serios.
