El corsario rojo
El corsario rojo La superficie del océano parecía lisa y brillante como un espejo, un lento movimiento, aunque bastante pronunciado por las olas, anunció la tormenta que se dejaba oír a lo lejos en el horizonte. Desde el momento en que abandonó el puente hasta que el sol extendió su disco semioscuro en el mar, no se vio más al que sabía también mantener su autoridad entre los seres indisciplinados a los cuales gobernaba. Satisfecho de su victoria tan sólo parecía temer que alguno pudiera haber sido lo bastante sagaz para atreverse a planear la caída de su poder.
Sin embargo cuando pasó la medianoche y reinando un profundo silencio en el barco, el Corsario apareció de nuevo en la popa. Solamente un hombre estaba de pie en cubierta, con la mirada alerta, y observándolo todo con mucha atención: era Wilder que hacía su turno de guardia, según la normal división de los servicios entre los oficiales.
Durante más de dos horas el Corsario y su lugarteniente no cambiaron ni una sola palabra. Al cabo de este tiempo, el primero se detuvo y permaneció un buen rato mirando a aquel que seguía inmóvil y en el mismo lugar, en el puente que había debajo de él.
—Señor Wilder —dijo al fin—, el aire es más fresco y mucho más puro sobre popa; ¿quiere subir?
