El corsario rojo
El corsario rojo El Corsario habÃa codicio su camarote a mistress Wyllys y a Gertrudis, desde el momento en que llegaron al barco. No hace falta decir el efecto que produjeron los acontecimientos de aquel dÃa en ellas. Por lo que decimos a continuación se verán las conjeturas y suposiciones que se hicieron. La lámpara de plato maciza que colgaba del techo esparcÃa por el camarote una luz tenue y dulce que caÃa oblicuamente sobre los rasgos de la institutriz que aparecÃa pensativa e inquieta, mientras que a Gertrudis, la luz le daba de lleno en el rostro que no parecÃa estar entregado a pensamientos tan serios. Al fondo, dormÃa Casandra, su tez morena daba sombra a este cuadro. La joven hablaba a su institutriz y trataba de leer en sus ojos una respuesta a sus preguntas, que aquélla parecÃa querer eludir.
—Repito, mi querida señora —dijo Gertrudis—, que la forma y el material de estos ornamentos son extraordinarios en un barco…
—¿Y qué quiere decir con ello?
—No sé… Pero me gustarÃa que estuviésemos ya en casa de mi padre.
—¡Válgame Dios! Tal vez sea imprudente permanecer calladas más tiempo… Gertrudis, horrorosas, horribles sospechas han aparecido en mi pensamiento a causa de todo lo que hemos presenciado hoy.
