El corsario rojo

El corsario rojo

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Capítulo veintidós

El Corsario había codicio su camarote a mistress Wyllys y a Gertrudis, desde el momento en que llegaron al barco. No hace falta decir el efecto que produjeron los acontecimientos de aquel día en ellas. Por lo que decimos a continuación se verán las conjeturas y suposiciones que se hicieron. La lámpara de plato maciza que colgaba del techo esparcía por el camarote una luz tenue y dulce que caía oblicuamente sobre los rasgos de la institutriz que aparecía pensativa e inquieta, mientras que a Gertrudis, la luz le daba de lleno en el rostro que no parecía estar entregado a pensamientos tan serios. Al fondo, dormía Casandra, su tez morena daba sombra a este cuadro. La joven hablaba a su institutriz y trataba de leer en sus ojos una respuesta a sus preguntas, que aquélla parecía querer eludir.

—Repito, mi querida señora —dijo Gertrudis—, que la forma y el material de estos ornamentos son extraordinarios en un barco…

—¿Y qué quiere decir con ello?

—No sé… Pero me gustaría que estuviésemos ya en casa de mi padre.

—¡Válgame Dios! Tal vez sea imprudente permanecer calladas más tiempo… Gertrudis, horrorosas, horribles sospechas han aparecido en mi pensamiento a causa de todo lo que hemos presenciado hoy.


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