El corsario rojo

El corsario rojo

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Capítulo veinticinco

La aproximación de la vela desconocida era cada vez más manifiesta. El pequeño punto blanco que se veía apenas visible en el horizonte, semejante a una gaviota flotando sobre la superficie de una ola, se iba casi imperceptiblemente acrecentando y después de media hora presentaba sobre el agua una pirámide elevada de tejidos y aparejos. Mientras que Wilder contemplaba este objeto que engrosaba a cada instante, el Corsario le puso unos anteojos en la mano, mirándole de una forma que parecía querer decir: «¡Puede ver que la negligencia de su hombre nos ha traicionado!».

—Nuestro vecino está al acecho, como puede ver —dijo el Corsario—. Ha virado viento adelante, y se dirige directamente hacia nosotros. ¡Bien!, dejemos que se aproxime; vamos a dejarle que nos muestre su batería, y entonces podremos decidir cómo habrá de ser la conferencia que tengamos con él.

—Si deja que se aproxime más, podríamos vernos en serias dificultades y no poder impedir que nos den caza, en caso de que nos veamos en la necesidad de evitarlo.

—Hace falta que un barco esté bien hecho para que pueda igualar al Delfín en la carrera.

—No lo sé; la vela que tenemos a la vista va de prisa. Raramente he visto a un barco agrandarse tan rápidamente como éste desde que lo hemos visto.


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