El corsario rojo
El corsario rojo —¡SÃ! —murmuró el Corsario con amarga ironÃa, mientras que su chalupa pasaba bajo la popa del crucero de la corona—; sÃ, mis oficiales y yo gustaremos de su banquete, pero los manjares serán tales que no agradarán mucho a esos esclavos pagados por el rey. Remad, mis amigos, coraje, remad; en menos de una hora tendréis como recompensa todo aquello que hay en los pañoles de ese viejo loco.
Los ávidos piratas que manejaban los remos, apenas pudieron evitar el dar gritos de alegrÃa; tan sólo les contuvo la necesidad de conservar la moderación que la polÃtica les exigÃa todavÃa, pero su ardor se notó al aumentar los esfuerzos para hacer avanzar a la lancha. Un minuto después nuestros aventureros estaban seguros bajo la protección de los cañones del DelfÃn.
