El corsario rojo
El corsario rojo El capitán del Dardo y su lugarteniente, todavía distraído, llegaron al castillo de popa antes de que volvieran a hablar. El barco del Corsario aún estaba a la vista, mostrando sus bellas y admirables proporciones. Pero en vez de reinar la quietud que había en él cuando lo abandonó, las vergas de proa habían cambiado, y el viento hinchaba las velas, ese barco majestuoso comenzaba a moverse sobre las olas, aunque lentamente. No parecía por sus maniobras que intentase escapar de una persecución. Por el contrario, las velas más altas y más ligeras estaban plegadas, y la tripulación se ocupaba activamente en ese momento de enviar al puente las pequeñas palanquetas que eran absolutamente necesarias con el fin de extender las velas que se necesitarían para la marcha del navío Wilder volvió los ojos de ese espectáculo casi temblando, pues sabía muy bien que esos preparativos eran los que acostumbraban a hacer los marinos hábiles cuando se preparan para un combate determinado.
