El corsario rojo
El corsario rojo —¿Me trae la sumisión del pirata?, ¿acepta mis proposiciones con agradecimiento? —dijo el comandante del Dardo, sin dudar un instante del éxito de la negociación, cuando su enviado estuvo en el barco.
—Sólo traigo una negativa, capitán.
—¿Le ha hecho ver el estado de mis fuerzas? —preguntó Bignall, que no esperaba semejante respuesta—. ¿Se habrá olvidado usted, señor Arca, de hacerle ver una cosa tan importante?
—No he olvidado nada de lo que podÃa ser vital para su seguridad, capitán Bignall; y sin embargo, el jefe de ese barco se niega a aceptar sus condiciones.
—Quizá piense que hay algunas faltas en los aparejos del Dardo —respondió el viejo marino apretando los labios con aspecto de nobleza ofendida—. ¿Cree acaso que se nos va a escapar largando todas sus velas?
—¿Es que da la impresión de que va a huir? —preguntó Wilder señalando con la mano hacia los mástiles casi desnudos del barco del Corsario—. Todo lo que puede obtener, es la seguridad de que él no comenzará el combate.
