El corsario rojo
El corsario rojo Apenas el extranjero hubo abandonado al crédulo sastre, su rostro perdió la expresión fingida para tomar otra más tranquila y natural. A pesar de todo parecÃa que la reflexión no era para él ni una costumbre ni un placer, pues golpeando varias veces con el bastón en su bota, entró en la calle principal del pueblo con paso ligero y aire distraÃdo. No obstante su aparente distracción no dejaba pasar a casi nadie sin haberle echado una mirada aunque fuese rápida, y, dado el empeño que ponÃa en examinarlo todo, era evidente que su espÃritu no estaba menos activo que su cuerpo. Un extranjero en esta situación, llevando en su persona tantas pruebas de que venÃa de hacer un largo viaje, no cesó de atraer la atención de los previsores posaderos, de los que hemos tenido ocasión de hablar en nuestro primer capÃtulo. Sordo a las reiteradas cortesÃas de los que estaban más cerca, se dirigió, con singular extrañeza, a aquél en cuya casa se daban cita todos los ociosos del puerto.
