El corsario rojo

El corsario rojo

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Un cuerpo negro y medio desnudo, avanzó para recibir la hoja que descendía, y que cayó sobre el mango de una lanza, a la que cortó como si hubiera sido una caña. Aunque se encontró sin defensa, Escipión no se asustó; se abrió paso para llegar ante Wilder, y con el cuerpo desnudo hasta la cintura, combatió sin otra arma que sus brazos nervudos, menospreciando los golpes de toda clase con su cuerpo atlético sin defensa.

—¡Duro, Guinea! —gritó Fid, golpeando a derecha y a izquierda—; aquí hay alguien que te ayudará, cuando haga tragar su ponche a ese borracho soldado de marina.

Las exhibiciones y la ciencia del desgraciado general no le valieron en ese momento para nada contra un sablazo de Richard que, cayendo sobre su armadura defensiva, atravesó su casco y le rajó la cabeza hasta la mandíbula.

—¡Atrás, asesinos! —gritó Wilder que vio cómo abundantes golpes se dirigían hacia el cuerpo indefenso del negro que continuaba combatiendo— ¡atacad hacia este lado, y no ataquéis a un hombre desarmado!

La vista de nuestro aventurero se nubló cuando vio caer al negro, arrastrando en su caída a dos de los que le atacaban; y en ese momento una voz tan fuerte como la emoción que le podía causar tal escena gritó casi a su oído.


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