El corsario rojo

El corsario rojo

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A unos pasos de donde se hallaba Wilder, estaba de pie el Corsario, inmóvil. Fue a la segunda mirada, cuando notó su presencia con el casco que utilizaba para el abordaje del cual ya hemos hablado y que le daba un aspecto insociable a sus rasgos generalmente dulces y tranquilos. Paseando sus miradas sobre esta tilla en la que todo respiraba el orgullo del triunfo, Wilder apenas tuvo tiempo de imaginarse que el Corsario se había crecido repentinamente, de forma tan rápida como inexplicable. Una mano apoyada sobre el puño de un yatagán en el que las gotas rojizas que cubrían la hoja curva atestiguaban que había prestado funestos servicios en la pelea, en tanto que su pie estaba colocado, y parecía pisar con fuerza sobrenatural, sobre ese emblema nacional que tuvo el bárbaro placer de derribar por sí mismo. Cerca de él, y casi debajo de su brazo, estaba Roderick, inclinado, sin armas, con la ropa llena de sangre, la mirada fija y huraña, y la cara pálida al igual que los que habían perecido en el combate.







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