El corsario rojo

El corsario rojo

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Capítulo treinta y uno

El día siguiente llegó y trajo consigo un espectáculo muy diferente a aquellos que hemos descrito. El Delfín y el Dardo navegaban juntos, verga con verga, el Dardo llevaba nuevamente el pabellón de Inglaterra, mientras que el Delfín no portaba ninguno. Las averías causadas por el huracán y por el combate fueron reparadas lo suficientemente bien para que los dos barcos pudiesen parecer, a ojos de cualquiera, igualmente dispuestos a afrontar los peligros del océano o los de la guerra. Un largo surco azul de nubes que se hallaban al norte, anunciaban la proximidad de la tierra; y tres o cuatro pequeños barcos costeros del país que navegaban a poca distancia atestiguaban que no había nada hostil en los proyectos actuales de los piratas.

¿Cuáles eran esos proyectos? Eran aún un secreto oculto en el pecho del Corsario. La duda, la sorpresa, la desconfianza reinaban alternativamente no sólo en los prisioneros, sino también en los hombres de su tripulación. Durante la interminable noche que siguió a los acontecimientos de la importante jornada que acababa de transcurrir, se le había visto caminar por la popa en profundo silencio.


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