El corsario rojo

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Capítulo cuarto

Las personas que se encontraban abajo eran cuatro, cuatro mujeres: una era una dama ya en el declinar de la vida, otra de edad ya madura, la tercera entraba en la edad en que puede ser presentada al mundo, en el sentido que se da a estas palabras en sociedad; la cuarta era una negra que podía haber visto veinticinco primaveras. Esta, en esta época y en este país, no podía pertenecer a otra posición que la de una humilde criada, aunque tal vez privilegiada.

—Y ahora, hija mía, que te he dado todas las recomendaciones que exigían las circunstancias y tu excelente corazón —decía la dama de más edad (éstas fueron las primeras palabras que percibieron con claridad los dos auditores)—, voy a pasar de este enojoso deber a otro más agradable. Harás ver a tu padre la amistad que siempre le he ofrecido y le recordarás que siguiendo su promesa deberá volver otra vez antes de que nos separemos para siempre.

Estas palabras fueron dirigidas, en el tono más afectuoso posible, a la más joven de las mujeres que parecía escucharlas con gran atención. Cuando la que hablaba calló, la joven levantó sus ojos llenos de lágrimas esforzándose porque éstas no salieran, y respondió con una voz que sonó en los oídos de los dos jóvenes auditores como los cantos de una sirena, tan dulce y armoniosa era su voz.


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