El corsario rojo
El corsario rojo Por lo demás cualquiera que fuera el estado moral de sus habitantes en 1759, la isla nunca habÃa sido más agradable ni más alegre. Las cumbres más altas de sus montañas estaban aún coronadas de bosques tan viejos como el mundo; sus pequeños valles estaban entonces cubiertos de verde vivo del norte, y sus casas de campo sin pretensión, pero limpias y cómodas, estaban sombreadas por bosquecillos y adornadas con ricos tapices de flores. La belleza y la fertilidad de estos lugares le valieron un nombre que probablemente era mucho más expresivo de lo que se creÃa en estos primeros tiempos. Los habitantes del paÃs llamaban a sus posesiones el JardÃn de América, y sus huéspedes venidos de las llanuras tranquilas del sur no se opusieron a confirmar un tÃtulo tan brillante.