El corsario rojo

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Capítulo quinto

Las buenas gentes de Newport se retiraron temprano. Poseían la continencia y la regularidad, virtudes por las que se distinguen aún actualmente los habitantes de Nueva Inglaterra. A las diez de la noche no quedaba en el pueblo una sola casa que tuviese la puerta abierta, y es muy probable que una hora más tarde, el sueño hubiera cerrado los ojos que habían estado al acecho durante todo el día, no solamente para vigilar los intereses personales de cada uno, sino también para ocuparse caritativamente, en sus momentos de ocio, de los problemas del resto del vecindario.

El posadero del «Ancla Levada» (así es como se llamaba la posada en la que Fid y Nightingale estuvieron a punto de pelearse) cerraba escrupulosamente su puerta a las ocho, como expiación en la que se esforzaba a fin de reparar los pequeños pecados morales que se pudieran haber cometido en ella durante el día.






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