El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Pues sà que atentas contra ellas —replicó la chica, indignada—, ya que jamás habÃa oÃdo una conjunción de música y lenguaje menos meritoria; y en mi curiosidad estaba preguntándome cómo podrÃa ser que no encajase el sonido con el sentido, ¡cuando tú interrumpiste el encanto de mis pensamientos con esa voz de barÃtono que tienes, Duncan!
—No sé lo que llamas voz de barÃtono —dijo Heyward, ofendido por su crÃtica—, pero sé que tu seguridad y la de Cora significan mucho más para mà que toda una orquesta tocando música de Handel —se detuvo y miró rápidamente hacia unos arbustos, y luego observó con suspicacia al guÃa, quien continuó su paso con invariable regularidad y firmeza. El joven se rió para sus adentros, ya que habÃa confundido algún finto brillante con los destellantes ojos de un salvaje al acecho, y retomó su camino, reanudando la conversación que habÃa interrumpido el momentáneo sobresalto.