El último de los Mohicanos

En el extremo más lejano de una profunda y estrecha caverna rocosa, cuya longitud parecía mayor por efecto de la luz, estaba sentado el explorador, sosteniendo una rama de pino llameante. La luminosidad de la antorcha destacó tan nítidamente su rudo y curtido rostro, así como su rústica indumentaria, que le confería un aire de romanticismo salvaje a este individuo, que visto a la luz del día pasaría simplemente por un hombre de formidable corpulencia vestido de un modo estrafalario, aunque su fisonomía se componía de una sencilla tenacidad en la disposición de su musculatura. A poca distancia de él se encontraba de pie Uncas, mostrando todo el poderío de su figura. Los viajeros contemplaron el fibroso y erguido cuerpo del joven mohicano con temor, ya que sus movimientos y posturas denotaban la agilidad y la versatilidad propias de su naturaleza salvaje. A pesar de que su persona, como en el caso del hombre blanco, estaba cubierta por una camisa de caza bordeada por flecos, ésta no disimulaba su oscura y penetrante mirada, desprovista de temor, que resultaba agresiva y tranquila a la vez, ni tampoco ocultaba su magnífica constitución física, robusta y atlética, ni el color cobrizo de su piel. Lo mismo podía decirse de la dignidad impuesta por su despejada frente y todos los rasgos de su noble efigie, rasurada en su totalidad a excepción de la tupida cresta. Fue la primera ocasión en la que Duncan y los demás pudieron apreciar claramente los rasgos de ambos indios, y cada uno vio cómo sus dudas quedaban despejadas al comprobar que las cualidades del joven guerrero, aunque fuesen salvajes, se fundaban en el orgullo y la resolución. Aunque para ellos se trataba de un ser atrapado en el abismo de la ignorancia, intuyeron que de ningún modo se prestaría voluntariamente a la maldad ni al desenfreno, sino que pondría a buen servicio sus dotes naturales. La ingenua Alice lo contemplaba fijamente, admirando su arrogancia y desparpajo, como si estuviese contemplando una escultura griega antigua a la que un milagro le hubiese dotado de vida. Heyward, por su parte, aunque acostumbrado al bien proporcionado físico de los nativos, no pudo por menos que reconocer que se trataba de uno de los más nobles y equilibrados ejemplos de la fisonomía del hombre salvaje.

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