El último de los Mohicanos

—Me sería fácil dormir tranquila —susurró Alice con entusiasmo— si mi guardián tuviese un aspecto tan valiente y generoso como ese joven. ¡Sin duda, Duncan, esas crueles matanzas, esas terroríficas escenas de tortura de las que tanto hemos oído y leído, no tienen nada que ver con seres como él!

—En efecto, se trata de una excepcional y excelente muestra de las cualidades naturales que se dice abundan en estas gentes —contestó el oficial—. Estoy de acuerdo contigo, Alice, en que una mirada y un porte así son más propicios para intimidar que para traicionar, pero no nos engañemos al creer que vamos a encontrar alguna otra virtud que no sean las propias de un salvaje. Del mismo modo que abundan ejemplos sobresalientes de grandes cualidades entre los cristianos, entre los indios son más escasos e improbables; aunque, en honor a nuestra común naturaleza, tampoco se puede decir que sean imposibles. Confiemos en que este mohicano no nos decepcione en cuanto a lo que esperamos de él, sino que demuestre ser un amigo fiel y valeroso, como indica su aspecto.

—Ahora el comandante Heyward habla como debe —dijo Cora—. Aquél que contemple esta criatura de la naturaleza, ¡recuerde el tono de su piel!

Esta afirmación última dio lugar a un breve y, aparentemente, embarazoso lapso de silencio, interrumpido por la llamada del explorador, invitándoles a entrar.

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