El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Nada! —respondió Cora con firmeza—. Es tan sólo un salvaje bárbaro e ignorante que no sabe lo que hace. Reunamos la fuerza necesaria para perdonarle sus faltas y pedir que se le perdone, aunque sea con nuestro último aliento.
—¿Perdón? —vociferó el enfurecido hurón, confundiendo el significado con el que Cora habÃa empleado la palabra—. ¡La memoria de un indio es más larga que el brazo de los rostros pálidos, y su misericordia más escasa que la justicia de los blancos! Decide, pues: ¿envÃo a la de cabellos dorados con su padre, y tú seguirás a Magua hasta los grandes lagos para llevarle agua y alimentarle con maÃz?
Cora apartó su mirada en actitud de incontenible asco.
—Déjame —le dijo ella, con tal solemnidad que aplacó momentáneamente las iras del indio—. ¡Añades amargura a mis oraciones, interponiéndote entre mi Dios y yo!
Sin embargo, la leve impresión que esta actitud produjo en el salvaje duró poco, ya que continuó señalando a Alice con diabólica ironÃa.
—¡Mira! ¡La niña llora! ¡Es demasiado joven para morir! EnvÃala a Munro para que pueda acariciar sus canas y mantener sus ganas de vivir.