El último de los Mohicanos

Ces messieurs-là —dijo Montcalm, aprovechándose de la ventaja que aparentemente tenía— son arrolladores cuando se les contradice; y no creo que sea necesario explicarle lo poco que saben contener sus iras. Eh bien, monsieur! ¿Hablamos de las condiciones?

—¡Me temo que su excelencia se equivoca con respecto a la capacidad defensiva del fuerte William Henry, así como en lo referente a los recursos de su guarnición!

—No estoy delante de Quebec, sino una fortaleza terrosa defendida por veintitrés mil galantes hombres —respondió lacónicamente el otro.

—Nuestras defensas son terrosas, en efecto, no se asientan sobre las rocas del cabo Diamond; pero se erigen sobre esa costa que resultó ser tan fatídica para Dieskau y su ejército. También hay que recordar que se encuentra a pocas horas de distancia un contingente poderoso de nuestras fuerzas, con el cual también contamos.

—Algo así como entre seis y ocho mil hombres a quienes su líder quiere tener más a salvo en su propio fuerte que en el campo de batalla —le replicó Montcalm con la misma indiferencia.

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