El último de los Mohicanos

—¡Comandante Heyward!

—¿Dónde está el muchacho? —preguntó el padre—. Le había mandado a que discutiera con el francés. ¡Ajá, buen hombre, es usted joven y sigiloso! ¡Márchate de aquí, so trasto; ya tengo bastantes cosas en qué pensar, sin tener que estar pendiente de pequeñas cotillas como tú!

Alice se marchó entre risas y guiada por su hermana, al percatarse ésta de que su presencia sobraba en aquellos momentos. Munro, en vez de exigir inmediatamente los resultados de la misión del joven, paseó de un lado a otro de la habitación durante un momento, con las manos detrás y la cabeza mirando al suelo en actitud pensativa. Cuando por fin levantó la vista, dijo con sentimiento paternal:

—Son un par de chicas de lo más excelente, Heyward, serían el orgullo de cualquier padre.

Ya conoce usted la consideración que tengo por sus hijas, coronel Munro.



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